La noche del 18 de marzo de 1990 debía ser un día más en la vida de Richard Abath. Él era el guarda que velaba por las obras del Museo Isabella Stewart Gardner. Al día siguiente comenzaba una investigación policial que aún sigue abierta. Se había producido el mayor robo de arte de la historia.
Abath, por aquellas fechas un joven amante del rock que había decidido abandonar los estudios, pensó que esos dos hombre uniformados que se habían acercado al museo eran policías. Al abrir las puertas a los desconocidos rompió la primera regla que había subrayado en su testamento la señora Gardner, “pido respeto y que nadie, jamás, altere el orden de estas obras”.
El museo Isabella Stewart Gardner de Boston se creó en 1903. Isabella fue miembro de una familia acaudalada de origen irlandés que logró una colección de arte impresionante. Un espacio que cuenta actualmente con más de 2.500 obras de arte europeo, asiático y americano, muchas mundialmente famosas, aunque tristemente, el museo se hizo célebre por los hecho que tuvieron lugar hace más de 25 años.
Era poco más de la 1 de la mañana cuando Richard Abath escucha unos pasos. Desde el cristal observa como dos figuras se acercan hasta su puesto. Dos tipos vestidos de policía le dicen que han escuchado algo extraño y que quieren asegurarse que todo va bien dentro.
Tan pronto como Abath abrió las puertas, los dos hombres sacaron sus armas y apuntaron al joven. Le ordenaron que se le alejara del timbre de emergencia, luego lo llevaron al sótano y lo ataron. Durante los 80 minutos siguientes, los ladrones asaltaron las salas llenas de obras del museo, las cargaron en un vehículo que esperaba fuera y desaparecieron entre la lluvia.
Así quedaron algunos marcos tras el robo. Wikimedia Commons
Unas horas después aparecía en el museo Bryan Murphy, el guarda del turno de mañana. Nada más entrar se percató de que algo no iba bien. Para empezar, no estaba Abath. Mientras lo buscaba se dio cuenta de otro detalle: muchas de las salas tenían espacios vacíos en las paredes donde normalmente estaban las obras.
Faltaban cuadros de Rembrandt, de Vermeer, Manet o cinco trabajos de Edgar Degas. En algunas zonas, los marcos vacíos seguían colgando, quien quiera que fuera, había cortado obras de un valor incalculable.
Desde entonces hasta ahora, nadie sabe el paradero de las obras. En estos más de 25 años han existido varios acusados, hipótesis, teorías y pistas falsas. El crimen provocó una de las investigaciones más legendarias que se recuerden, una donde el FBI y numerosos grupos privados de detectives han tratado de encontrar los cuadros.
Se trata del mayor robo de obras en la historia de Estados Unidos. Un tesoro estimado en más de 500 millones de euros. Quizás por ello, hace pocos días el FBI elevaba la recompensa por una pista a 10 millones de dólares.
Wittman y cómo atrapar a un ladrón de arte
The Concert de Vermeer, una de las obras robadas. Wikimedia Commons
Robert Wittman tenía 35 años cuando ocurrió el robo. El hombre nació en Japón y creció en Baltimore, hijo de padre estadounidense y madre japonesa que trabajaban como anticuarios especializados en piezas japonesas. Cuando era un adolescente ya sabía distinguir entre cerámicas y dinastías, así que cuando se hizo mayor de edad, tenía claro cuál iba a ser su profesión: investigador en el mundo del arte.
Wittman terminó como jefe del departamento del FBI encargado de los casos de robos y desapariciones de piezas de arte. Un equipo donde todos deben pasar pruebas antes de entrar para reforzar su comprensión en el negocio del arte. Incluso Wittman, con su experiencia en antigüedades, tuvo que realizar el mismo proceso. Hoy se calcula que este operativo ha recuperado más de 2.500 piezas valoradas en cientos de millones.
Por supuesto, todas las piezas que persiguen no son glamurosas. De hecho, casi el 25% del trabajo significa ir a la caza de artículos que no son únicos, aunque representan una parte importante del mercado negro.
Después están las piezas que se consideran obras maestras. Un ejemplo muy gráfico es la Mona Lisa de Da Vinci. La mítica obra fue recuperada 28 meses después de que fuera robada del Louvre en 1911, Algo parecido ocurrió con El Grito de Munch. El artista creó hasta cuatro versiones de la pintura, dos de las cuales fueron robadas y se recuperaron en los últimos 20 años.
Sin embargo, el problema para los ladrones de este tipo de obras tan especiales e históricas es que resultan casi imposible de vender en el mercado excepto, claro está, a un rico amante del arte que quiera saborearlas desde el sótano cerrado de su mansión. Siendo así, ¿qué les lleva a estos ladrones a robar piezas que son tan difíciles de vender?
Los expertos en este tipo de crimen apuntan a dos líneas muy claras. Por un lado, las piezas se pueden utilizar como moneda de cambio para todo tipo de negociaciones. Mientras que puede resultar muy difícil llenar una maleta con 100 millones en efectivo, con un par de obras tendrías el mismo montante en una mano. En segundo lugar y quizás más importante, porque el robo de arte no implica penas muy altas, sobre todo en comparación con la posible recompensa.
Para atrapar a un ladrón de este tipo es frecuente utilizar un informante o un criminal que coopere para presentar al investigador a un traficante de arte. En este sentido es muy similar a lo que vemos en las películas, hay que cultivar lazos e implica una preparación cuidadosa junto a un montón de viajes. El mismo Witttman, ahora retirado del FBI, explicaba en sus memorias, Priceless, lo siguiente:
Durante la investigación del caso Gardner llegué a pasar un tercio del año en habitaciones de hotel. Puede sonar excesivo, pero esos viaje son clave. Durante un período de 20 años recuperé más de 300 millones de dólares de arte robado y reliquias culturales, incluyendo herramientas nativas americanas y el diario de un general nazi clave. Mi vida siempre fue una cacería.
Probablemente el mejor momento de mi carrera ocurrió cuando recuperé un Rembrandt del Museo Nacional de Suecia. Ese día saboreé la victoria, y esperaba una conclusión similar para el caso Gardner, especialmente cuando un ladrón se ofreció a venderme las pinturas.
Es curioso, a pesar de su misticismo, el robo del Museo Gardner siempre ha desconcertado a los investigadores debido a su “crudeza”. Para empezar, los ladrones dejaron atrás algunas de las obras más valiosas del museo. El corte de dos Rembrandt de sus marcos sugería que no eran conscientes del daño que sufre una obra de arte (y su valor) por ese simple motivo.
El otro elemento que hace del caso algo inusual es su longevidad. Según explicaba el ex agente del FBI:
Lo que es realmente sospechoso, es que a pesar de que ha pasado toda una generación, no ha vuelto a aparecer una sola de las obras en el mercado. Y no creo que nadie las haya destruido, eso ocurre rara vez.
Durante 15 años, la policía fue dando palos de ciego, pero en el 2005 parecía que por fin tenían algo. Ese año, el equipo de Witmann siguió una pista que los acercó a las obras más de lo que cualquiera había llegado hasta la fecha. Mientras el agente estaba en París para una conferencia, recibió un aviso de un policía francés.









